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Ensayos y política - 04 de Agosto de 2006

Hoy ¿radio o tv?

Hoy-¿radio-o-tv?
Sobre un pedestal de embolismático estrabismo desagua el suceso, donde la fama del puro cuento harta puñales abismados en delirios temporales, mientras la cualidad del embridado se acuña en personajes que rasgan insolencia y perigallos. La razón del poder se presenta en difamantes purgas desdeñosas, acuñando amplificadas imágenes de inimicísimos rangos de fortuna, éxito, frustración y soberbia.

Toda la perisología que vemos y escuchamos a diario, carente de conductismo en cualquier estamento, refrenda la inmoralidad de un continuismo decadente por parte de quienes tratan de sostener su permanencia rayana en el demagógico egocentrismo. La ausencia de aptitudes devela que el espectro social, aún complaciente, recala en la sumisa aceptación del borbotón, disolviendo fundamento, cultura y esfuerzo a cambio de fatuos entretenimientos de simbología alienante, buscando escaparle al vigente desamparo. La equivalencia entre Jesús y mercaderes allana la frontera del abatimiento, entremezclando endebles conocimientos, dicterios y delaciones de conventillos, con tirillas sobre perineos a pantalla plena. La ínvida medición desencaja suturas plásticas apergaminadas, y el esplendor sustrae a perimidos elocuentes por el dilacerar del nervio. La vedette del travestismo hoy es mujer, según los grandes productores de espectáculos, dado que han comprobado fehacientemente, entre proscenio y alcoba, esta genérica condición. Los ciclos televisivos avejentan el renuevo hace más de hace treinta años, presentando a las mismas maquetas jeroglíficas dignas de cualquier estudio egiptológico. Mientras, los más nuevitos se avienen a cualquier condición emanada de sus respectivos mandamás, succionando medias y principios. Con aquellos amigos devotos de los dueños de multimedios, no hay problema. Ellos tratarán de intuir lo que el capataz quiere y razona, asegurándose la plusvalía que se necesita para entablillar el sendero del patriarcal guiñol. Y como la creatividad vive en estado minusválido, solamente se copian ideas de ultramar o bien se repite lo que fue exitoso en los años 50’. No hay más que recordar los Teatros de Revista,  el ahornado Boudeville, las primeras series de TV, los juegos vistos en vetustas películas norteamericanas, y las radionovelas, para comprender a lo que me estoy refiriendo. Todo aquello se untura con maquillaje, algo de actualidad, violencia, sexo....y punto. Igual sucede con los programas de interés general. Da vergüenza observar la falta de creatividad, de espíritu crítico y el escaso manejo del idioma de los distintos conductores. Por supuesto, hay menudas excepciones, pero la generalidad pertenece al servum pecus.

El prisma capitalino frota su lámpara ilusiva cerrando las persianas a ese resto federativo de ignorado territorio. Solamente el drama circunstancial provinciano es proclamado de provecho público, concluyendo en cucardas que ameritan la cruenta competencia por parte de las diversas producciones. La inconsciente contumacia invade fusión y pertenencia, parafraseando la ajena postura de aquello que es nuestro. El paradigma eclosiona en la expresión: este país, caracterizando el desarraigo del natural sentimiento que imbrica a cada ser con el útero telúrico. La carencia de identidad nacional se ausenta por cuatro años, para dar la bienvenida a la pasión futbolera que ingresa como entidad macabra en cada cuerpo, hasta el exorcismo del fracaso. Entonces, el baldón vuelve a sumergir voluntad y consecuencia, declinando la rumia en un banderín desierto de planes y proclamas.
 
La telefonía digital, sobre la pantalla, se atesta de números y premios. Los miles de mensajes recibidos únicamente sirven para recaudar dinero y permitir contabilizar la variable producida en el numeral de audiencia. Poco interesa la opinión de quien goza del calificativo cosificado  El vasto catálogo de obviedad promueve ineptitud corresponsable, fraguando resoluciones circenses, donde se oferta impiedad y desatino.

En definitiva, dimanamos del crochet sistémico y somos advenedizos a la distanasia que impulsa la iterada historia, potenciada por un individualismo globalizado, concluyente y despersonalizado, entre conductas que avizoran el siniestro deambular del insoslayable desprecio. 
Adolfo Vaccaro, escritor argentino | mensajes@adolfovaccaro.com.ar | 2002 - 2024 | Textos disponibles en el sitio: 594